sábado, 14 de junio de 2014

Antonio Pérez, ¿héroe o villano?



Para mí hoy es un día especial porque tras casi dos meses de reposo he comenzado a repasar un manuscrito que espero se convierta en mi próxima novela. 

Es todo un reto porque se trata de un proyecto ambicioso, pero estoy seguro de que también será una tarea excitante.

Durante los próximos meses de caluroso verano me dispongo a evocar el hermético y fascinante reinado de Felipe de II, y en parycular la convulsa historia de su afamado secretario Antonio Pérez, un corrupto de la época, traidor para unos y héroe para unos cuántos,  hoy un mero personaje tocado por la leyenda.

A lo largo de sus páginas la novela me llevará a las intrigas y sucesos extraordinarios que fraguaron el aura negra que envuelve a Felipe II y su hermético reinado. También a los días de gloria tras las jornadas de Lepanto, y al comienzo del declive tras la derrota de la Armada frente a las costas inglesas y el alzamiento de Flandes.

Como protagonistas se sucederán diversos y complejos personajes: la inquietante y sensual Ana de Mendoza, princesa de Éboli, mujer adelantada a su tiempo, meretriz o estratega según quien cuente su historia, Ruy Pérez, su influyente esposo y antagonista del conservador y visceral Duque de Alba, el trastornado y contrahecho Fernando, primer hijo del rey, muerto muy joven y en extrañas circunstancias, don Juan de Austria, el encantador y envidiado hermanastro del monarca, Juan de Escobedo, secretario de don Juan, que murió envenenado víctima de una trama nunca aclarada.

Estos y otros muchos son los personajes de una historia que el cínico, codicioso y brillante Antonio Pérez, el personaje central de la novela, vivió de primera mano hasta su triste final, proscrito y condenado. 

Si quieres, puedes leer cómo empieza y darme tu opinión.

  

            En un sucio callejón de un suburbio de París, allí donde las putas guardan las esquinas y los maleantes las acechan embozados, con la espalda apoyada sobre el pretil de un viejo puente, un hombre rumia sus últimos instantes. El frío le cala los huesos y un dolor amargo le atenaza las entrañas.
De repente oye voces que se acercan hablando un idioma extraño. Son dos rufianes borrachos que se paran y le observan; algo traman. Un golpe seco, una patada, en un brazo, seguida de otra más fuerte; luego le llaman y otra vez cuchichean en voz baja. Uno se agacha y le empuja sin decir nada. Él los ignora, sólo espera a que se vayan, o mejor a que lo maten de una vez ahorrándole tan triste trance.
Uno le palpa en busca de qué robarle. No encuentra nada; qué va a llevar encima una rata. Una mano se desliza por debajo de su ropa y rebuscando va a dar con unos pliegos desgatados. Se los quitan y los miran como quien viera al diablo; son papeles importantes a la vista de cualquiera, también de dos ignorantes. Otra vez hablan y él, ausente, los oye sin inmutarse.
Ahora le tocan la cara, le pellizcan y golpean más bien para comprobar si está más muerto que vivo. Intercambian comentarios; tal vez se apiaden por verlo tan malparado; quizá no piensan sino robarle las calzas. Él no reacciona; ni quiere ni puede hacerlo, sólo desea que se vayan. El dolor le sobreviene está vez algo más fuerte. Es como un torniquete que le aprieta en sus adentros; como un ardiente punzón que se le clava en el vientre. La contorsión se agota en un alarido que espanta a los dos rufianes. Piensan que mejor se marchan.


LOS ALBORES

Valdecañas es un pequeño concejo entre las villas de Pastrana, Alhóndiga y Auñón, en la ribera del Arlés, a los pies del imponente castillo de Los Canes.
Es tierra dura y áspera, de recoletos valles. Allí no veras verdes prados, pero sí bosques de encinas y pequeñas plantaciones de olivares. Por todas partes crece la jara y el tomillo y los álamos se mezclan con los espectaculares sauces.
Aquellos fueron los campos que lo vieron crecer sin el calor y las caricias de una madre, aunque sí de los atentos cuidados de Manuela, la guardesa de la casa, que volcó en el pequeño sus más íntimos sentimientos maternales.
De niño, Antonio pasaba mucho tiempo en compañía de criados. Pocas veces, cuando lo permitía el trabajo, iba a pescar al río con su padre, o a dar largos paseos por el campo, recorriendo a caballo la hacienda o visitando aldeas y mercados.
De su primera instrucción se encargó un viejo párroco que le enseñó las letras y las cuatro reglas matemáticas. Después, viendo su padre que el muchacho aprovechaba, decidió él mismo enseñarle el álgebra, el latín y la gramática.
Cuando apenas contaba diez años, don Gonzalo marchó de viaje y el cuidado del niño no hubo más remedio que encomendarlo a Manuela y los criados, y buscando un preceptor vino don Gonzalo a dar con el bibliotecario de un convento franciscano de la cercana Cifuentes, hombre sabio y cabal que a la sazón era el maestro de la duquesa de Pastrana, hija de los príncipes de Melito, Grandes de España y dueños de media comarca.
Cuando don Gonzalo les pidió el favor, los príncipes no sólo se complacieron y aceptaron de buen grado; como favor especial se ofrecieron a mitigar, en lo posible, la soledad y desamparo del muchacho.
Fue por estas circunstancias que Antonio conoció a Ana, de la que se enamoró nada más cruzar una mirada. Ella, al principio esquiva y distante, protestó la liberalidad de sus padres, más no pasó mucho tiempo antes de que el inicial rechazo se tornara en simpatía y complicidad, al descubrir que aquel chaval desgarbado tenía el don de convertir en aventura la ocasión más rutinaria.
Con Antonio descubrió Ana que en la ribera de río la aguardaban  diversiones insospechadas, cada cual más divertida y excitante, como bañarse en sus remansos en las tardes de verano o cazar ranas y gorriones y robar frutas maduras de alguna huerta cercana.
Para Antonio fue como descubrir un nuevo mundo. Los príncipes, cuyo aprecio y confianza supo ganarse el muchacho, se empeñaron en asistirle y otorgarle toda clase de atenciones. Para evitarle ir y venir andando y a diario desde su casa a palacio, que distaban casi un legua, decidieron cederle de continuo un pequeño dormitorio reservado a los invitados.
Fue así que Ana y Antonio pasaban todo el día juntos, compartiendo, además de preceptor, las rutinas familiares, travesuras y andanzas, alejados, muchas veces, de los ojos complacientes de los príncipes, amenudo ausentes en la corte, ora en Valladolid, ora en Madrid o Toledo, y por tanto alejados de palacio. Entonces los niños se convertían en los auténticos señores de la casa, los mismos que, siendo sobradamente sagaces, supieron conjurarse en no preocupar a los condes.
A menudo, el viejo preceptor disponía excursiones a los parajes cercanos, o se los llevaba al río o a los montes, para enseñarles el nombre y las cualidades de las plantas, las razones de los fenómenos geográficos, y cuantas maravillas la naturaleza desplegaba para engendrar y multiplicar belleza por todas partes. Entre los parajes más visitados destacaban las ruinas del castillo calatravo de Los Canes, en Zorita, al que ascendían por el sinuoso y empinado caminillo ya en desuso que, entre un frondoso bosque de encinas, se encarama hasta la cima sorteando matorrales. Allí, entre aquellas gloriosas murallas que presenciaron mil sucesos y batallas, el viejo preceptor les hablaba de las hazañas que habían hecho grandes a los Grandes, de los enlaces y desencuentros que fraguan la historia de España, y de cómo se gestaron las familias principales y los más altos linajes. Con atención y deleite, los niños escuchaban aquellos vivos relatos, y al hacerlo aprendían más deprisa de como el clérigo creía alcanzar a enseñarles.
Con la precoz inteligencia que la caracterizaba, cuando marchaban al campo, Ana disponía que los criados añadieran a las viandas una buena jarra del vino aragonés que tanto gustaba al fraile, sabedora como era de su afición a beber más de lo aconsejable, para sucumbir después al sopor, en largas siestas, a la plácida sombra de algún árbol.
Entonces Antonio y Ana se perdían entre los matorrales. De Ana recibió Antonio el primer beso y con éste la sensación más dulce y placentera que jamás había soñado: el sabor fresco y jugoso de los labios de la niña, y la procacidad de su pequeña lengua rebuscando jugetona entre sus dientes. A resguardo del bochorno de una tarde de verano, arrebujados en los huecos de un gran sauce, por primera vez sus manos, sumergidos bajo la ropa, abrazaron la estrecha cintura de la muchacha, y palparon curiosas y excitadas la cálida tersura de su piel y de sus pechos pequeños.
Esos juegos se hicieron cada vez más atrevidos, frecuentes y espontáneos; también más expertos y, por consiguiente, osados y placenteros. Dejaron de ser casuales y ahora se repetían como un premeditado y gozoso ritual al que los niños se entregaban en los graneros y pajares, donde al principio y a resguardo de la curiosidad de los criados ocultaban su secreto. Después en la propia alcoba de Ana en el mismísimo palacio, o furtivos en cualquier rincón de la casa donde el deseo los llamara, tal era el ansia con que los jóvenes se entregaban a aquel inesperado regalo de placer inagotable, del que acabaron por degustar y apurar todas sus mieles.
Para Antonio aquellos años transcurrieron como la etapa más feliz y satisfecha que jamás hubiera sospechado, disfrutando sensaciones que otros niños de su edad ni siquiera imaginaban. De igual modo disfrutaba la muchacha, inmersa en un mundo de placeres del que nadie nunca jamás le había hablado y, sin embargo, allí estaba, al alcance de su mano y obediente a sus deseos, encarnado en aquel muchacho ahora más alto y apuesto, que la estrechaba con vigor entre sus brazos.

Mas, inteligentes y avisados como eran, ambos sabían que aquella dulce relación algún día habría de doblegarse a lo que el destino de dos cunas tan distintas les tuviera reservado. Antonio, al fin y al cabo, no era más que el hijo de un alto funcionario, mientras que Ana era la hermosa promogénita de una muy noble familia castellana. Más pronto que tarde tan distinta condición habría de jugar sus cartas, y contra aquellos designios apenas podrían hacer nada.

sábado, 7 de junio de 2014

A Manuel no le gustaban las despedidas ni los recibimientos





—EGO TE ABSOLVO

Andrés Vicente



I
A Manuel no le gustaban las despedidas ni los recibimientos. Por eso, cuando marchaba de viaje nunca se dejaba acompañar a la estación del tren o al aeropuerto, ni a su regreso esperaba que alguien viniera a recibirlo. De Isabel y las niñas se despedía como un día cualquiera en el que hubiera de regresar, unas pocas horas más tarde, para la cena o el almuerzo. Como otras veces, aquél miércoles, 18 de octubre de 2012, en el instante en que su avión comenzó a rodar por la pista después de tomar tierra, sintió alivio por haber finalizado bien el vuelo, y se recostó satisfecho sobre el respaldo del asiento, feliz porque enseguida estaría en casa.
Sin embargo, una vez abandonó el avión, enfrascado, otra vez, en los planes y tribulaciones en que andaba envuelto, Manuel olvidó el ritual que siempre repetía apenas pisar el mármol del edificio de la terminal del aeropuerto: llamar a casa para escuchar la voz de bienvenida de su esposa o de alguna de sus hijas. Después de despedirse de su ocasional compañero de viaje, con el que, durante las tres horas de vuelo, apenas había cruzado unas palabras, atravesó deprisa las salas y corredores de la terminal en busca de la puerta de salida, cruzó sorteando la cola de taxis que se apelotonaban a la espera de pasajeros, abonó el importe por tres días de estacionamiento, y descendió apresurado los dos tramos de las escaleras mecánicas que llevaban a la planta inferior del parking.
Tres días antes había dejado su automóvil al otro extremo de la rampa de salida, por lo que ahora le tocaba caminar un buen trecho hasta encontrarlo. A esa hora de la tarde, la inmensa planta inferior del aparcamiento estaba casi vacía, lo que acrecentaba la sensación de espacio y amplificaba el sonido cadencioso de sus pasos, y el rumrum monótono de su maleta rodando sobre el pulido asfaltado del suelo.
Conforme caminaba, a su frente, le llamó la atención la presencia de un hombre alto, delgado y de aspecto desgarbado, que llevaba una gabardina oscura a la que le sobraban varias tallas, cuya apariencia le resultaba a la vez familiar y estrafalaria. Sobre la cabeza llevaba un sombrero de alas anchas y caídas que ocultaban los rasgos de su rostro. Manuel apartó la mirada para evitarlo, preguntándose para sus adentros qué podría estar haciendo aquel hombre de tan inquietante aspecto, inmóvil como una estatua y mirando a la nada en mitad del aparcamiento desierto.
Instintivamente aceleró el paso y apretó con fuerza el maletín que agarraba con su mano izquierda. Un resorte interior le advirtió de que algo no encajaba, y una sensación de nervioso acaloramiento le ruborizó los pómulos y erizó el vello.
Sin embargo, sus temores parecieron infundados. Al pasar a su lado, el hombre no le prestó la menor atención y permaneció inmóvil en su enigmática ausencia, como plantado en el asfalto. “Me estoy volviendo paranoico”, pensó Manuel esbozando una sonrisa, mientras recorría a pasos largos los últimos cincuenta metros que apenas le separaban del coche. Al llegar a donde estaba aparcado dejó a un lado la maleta, deslizó el dedo índice sobre el cristal y observó que arrastraba una película grisácea, de polvo acumulado, de la que se deshizo frotándose los dedos; después introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y extrajo una llave gruesa en la que pulsó un botón, que al instante provocó un clic, y la repetición de dos destellos acompasados de los intermitentes.
Estaba acercando su mano a la manija para abrir la puerta, cuando otro clic, este más perceptible y metálico, sonó nítido a sus espaldas. En un acto reflejo se volvió y pudo ver al mismo hombre con el que se había cruzado apenas unos segundos antes. Sin que se hubiera percatado, aquél tipo le había seguido y ahora se encontraba observándole a unos diez metros de distancia. Manuel tardó un segundo en comprender qué significó aquel gesto con el que parecía que le señalaba con un dedo. Cuando supo lo que estaba sucediendo ya era demasiado tarde, sonó una especie de zumbido sordo y apagado y notó un golpe seco en el pecho. Devolvió la mirada al hombre que le había disparado y al momento volvió a repetirse el mismo sonido e idéntica sensación, otro impacto efímero y sutil, muy cerca del primero, indoloro en el primer instante, pero enormemente perturbador sólo un par de segundos más tarde. De pronto sintió que no podía respirar y que las piernas se negaban a sostenerle. Sin que su mente lo ordenara, su mano derecha se dirigió a donde había recibido los dos golpes; al observarla, atónito e incrédulo, la vio manchada de un líquido cálido, viscoso y rojo intenso. En un instante la chaqueta y la camisa se empaparon de la sangre que se le escapaba a borbotones del pecho. Todo eso percibió Manuel en una fracción intemporal que le pareció a la vez breve y eterna; un instante en el que desaparecideron los sonidos y se detuvieron el tiempo y el movimiento; una extraña situación que parecía que se estaba recreando en un mal sueño. Sintió nauseas y frío y calor al mismo tiempo, la visión se le nubló y un sudor helado y nauseabundo le avisó, con insolente certeza, de que la vida se le estaba escapando sin remedio. Entonces se desplomó como un fardo y cayó golpeándose violentamente la cabeza contra el suelo. Quedó tumbado en una postura incongruente: las piernas contraídas y entreabiertas, un brazo extendido y el otro a la espalda aprisionado por el peso de su propio cuerpo.

Inmóvil en el suelo pudo advertir cómo alguien se acercaba; fue sólo una sutil percepción, pues ya no podía ver ni escuchar nada, ni tampoco razonar o hilvanar un pensamiento, sólo sentir irreflexivamente. Apenas un segundo después perdió por completo la conciencia de sí mismo, y la nada absoluta sustituyó para siempre a su existencia.

jueves, 29 de mayo de 2014

Sobre las mafias de la inmigración



Como persona acostumbrada al estrado, la discusión y la dialéctica, Alicia hablaba deprisa y con soltura. Manteniendo los brazos cruzados, su mano derecha gesticulaba ágilmente acompañando y marcando inflexiones o enfatizando cada palabra.
—Me ha llamado la atención la valentía con que se ha referido a las “mafias de la emigración” y otros términos por el estilo —comentó consciente de que ese tema sería del interés de Marta—. Decía que a la propaganda oficial le viene bien criminalizar todo aquello que no puede controlar, y que algunas veces lo que se pretende no es más que confundir a la gente. En su opinión, ante la inhibición de los estados a la hora de encauzar el problema, las rutas de la emigración en ocasiones constituyen auténticos corredores humanitarios a través de los que miles de personas escapan de unas condiciones de necesidad, sufrimiento u opresión inimaginables para la mentalidad occidental. Sostenía que los estados occidentales criminalizan a estas organizaciones al mismo tiempo que confraternizan y mantienen relaciones diplomáticas y comerciales con países cuyos gobiernos son peores que cualquier mafia.
—Son ideas que a todos nos rondan y que plantean profundos problemas morales y de conciencia —reconoció Marta.
—Sí, pero sin ningún efecto práctico —continuó animada la Montalvo, que pasó a exponer sus propios pensamientos—; y cuando se toman medidas a veces es peor. Cuando un tirano se nos hace absolutamente insoportable le montamos una guerra, pero no pensamos en la gente inocente que se ve envuelta y sufre nuestra decisión. Nuestra mayor preocupación es que no vengan a molestarnos, a contaminar nuestro acomodado modo de vida occidental. Por eso llamamos criminales a las organizaciones que canalizan la inmigración hacia Europa; no porque cobren dinero a cambio de un viaje suicida, eso sinceramente creo que no es lo que nos preocupa; es falso e hipócrita humanitarismo. Las llamamos mafias criminales porque nos hacen daño donde más duele, plantándonos el problema delante de nuestras narices, en la puerta de nuestras casas.
Alicia era vehemente y directa al exponer sus convicciones, y a veces dramatizaba en exceso. Marta, no obstante, la escuchaba atentamente y apreciaba el fondo de razón que latía en algunas de sus consideraciones. Sin embargo, el problema era muy complejo e indudablemente planteaba cuestiones muy diversas. ¿Cómo no juzgar como criminal a quienes cada año embarcaban a centenares de personas cargadas de ilusión que, sin embargo, acababan su aventura arrojados sin vida en la arena de una playa?
—¿Has asistido alguna vez al levantamiento del cadáver de un bebé encontrado en una playa?
—Sí lo he visto Marta, y es una experiencia impresionante e imborrable.
—¿Y no piensas que detrás hay responsables?

—Claro que lo pienso, pero ¿hasta dónde alcanzan las responsabilidades? ¿Quiénes son los responsables? ¿Nos quedamos en el patrón del bote que no quiso acercarse a la orilla de la playa? ¿O tal vez lo sea el intermediario que cobró el precio del pasaje; o quien se llevó la mayor parte del dinero? ¿O fue, quizá, el policía marroquí, comprado, que hizo la vista gorda en la playa? Y podríamos seguir tirando de la cuerda. Pero yo me pregunto también ¿Y si nuestras leyes sobre inmigración, las europeas, no fueran tan restrictivas? ¿Y si nuestras leyes aduaneras, en vez de impedirlo, facilitaran la importación de productos desde los países de donde vienen esos pobres desgraciados? ¿Y si Europa se comprometiera de verdad en la ayuda al tercer mundo? Tal vez hacerlo nos supondría algunos inconvenientes, o tal vez no. Pero seguramente no estaríamos recogiendo cada año centenares de cadáveres de nuestras playas.

De mi novela Una Luz más allá del horizonte. 

Si te ha gustado o te interesa la puedes descargar aquí

viernes, 2 de mayo de 2014

Publicar es fácil; la difusión es otra cosa



PUBLICAR EN AMAZON ES MUY FÁCIL, la difusión de tu libro es otra cosa, tanto si hablamos de obtener ventas como de meras descargas, pues depende de factores diversos en los que tu papel a veces es limitado y otras simplemente irrelevante.

Es claro que una vez que has publicado es necesario hacer la promoción, es decir, conseguir que la gente se entere de que tu libro existe y está disponible y a la venta. Como estamos hablando de Amazon, que es la mayor plataforma de ventas en Internet, obviamente será a través de la red como puedes plantearte la promoción. Quien más quién menos cuenta con decenas de conocidos en la red y a ellos será a quien te dirijas para informales de tu novela. Si bien el talento o la forma de ser de cada cuál le sugerirá el modo de hacerlo, en esencia el mensaje siempre viene a ser el mismo: amigo o amiga, he publicado esta novela, la puedes encontrar en este enlace, y te estaría muy agradecido si me quisieras ayudar a promocionarla, y mucho más si también de decidieras a comprarla.



Como todos hemos comprobado lo pesados que podemos llegar a ser intentaremos desmarcarnos del modelo pelma; otra cosa es que lo consigamos. Los consejos al respecto son bastante previsibles: evitar ser bruscos e intrusivos, respetar webs, muros y otros espacios ajenos, introducir algún valor añadido a nuestra propuesta, no ser reiterativos en exceso, y un largo etcétera que podemos deducir sabiendo que la mesura y el sentido común deben ser nuestros mejores aliados.

Es importante advertir que el primer intento de promoción supone quemar un cartucho importante, por lo que cómo se haga y el momento elegido es una cuestión que debe ser bien meditada.

Y es que nuestro primer intento puede hasta resultar bien recibido, digamos que sorprendente y simpático. Muchos conocidos, aunque no todos, ya os lo digo, nos devolverán comentarios de ánimo, compartirán en sus muros nuestro anuncio y en un elevado número de casos pulsarán un "me gusta" que nosotros, ávidos y expectantes al retorno, recibiremos convencidos de que en alguna medida esas respuestas se traducirán en compras o descargas, que es de lo que al fin y al cabo se trata. Error..., os adelanto que muy probablemente la respuesta en términos de ventas o descargas será muy decepcionante. Tal vez tus amigos, los de carne y hueso, y también tus familiares respondan como te esperas, pero la inmensa mayoría de tus conocidos en la red pasarán de ti olímpicamente.


Gustar nunca gusta que te ignoren y es muy posible que te lleves algún chasco con alguien a quien tenías en estima que pensabas que era recíproca. Pero aun así, ¿es para enfadarse? En absoluto, haz examen de conciencia y comprobarás que en otros casos tú también has hecho caso omiso a quien te ha ofrecido su novela o incluso a quien te ha pedido que le dieras un me gusta a su página. Debes comprender que el usuario de internet está muy saturado de lecturas. No sé cuál será el porcentaje pero imagino que el volumen de información escrita que circula por la red debe ser muy elevado. Si a la infinidad de blogs que se ofrecen, las noticias y artículos de los diarios digitales, y tantos y tantos comentarios como nos cruzamos, pretendemos añadir una dosis de lectura literaria, habrá que convenir que es comprensible cierto hartazgo del personal y el consiguiente rechazo.

Además, hay que añadir una importante consideración como es que comprar ebooks en Amazon no está al alcance de todos ni a todo el mundo convence. Me explico: exige algunos requerimientos que reducen muy sensiblemente el potencial de posibles compradores; es muy posible que alguien quiera adquirirlo y sin embargo no pueda, o incluso no sepa hacerlo. Por lo pronto Amazon está muy orientado a su propio lector Kindle, de modo que otros dispositivos requieren la descarga e instalación de aplicaciones, lo que puede desanimar a quienes no estén familiarizados con este tipo de cosas. (Os dejo esas aplicaciones por si os interesa)

Además, el comprador debe configurar un sistema de pago que exige aportar los datos de su cuenta corriente o tarjeta, algo a lo que no todo el mundo está dispuesto.


Como vemos, cada vez se reduce más el espectro. En nuestro libro sólo pueden estar interesados  lectores, eso es obvio, lo que en la comunidad hispanohablante, con tan bajos niveles de lectura, ya es un hándicap considerable. De ellos, por otra parte, sólo podrán adquirir nuestro ebook los que, además, sean usuarios de Internet, dispongan de un dispositivo lector apto o adecuado y operen mediante comercio electrónico.  Es fácil concluir que el número de posibles compradores no es tan grande como a priori pudiera creerse.

Pues bien, a este público de potenciales compradores Amazon presenta una oferta de decenas de miles de títulos con el que tendrá que competir el tuyo, con lo que en meros términos de probabilidades la posibilidades de que tu libro aparezca en la pantalla de alguno de sus ordenadores o tablets resulta bastanta reducida. La imagen de la aguja en el pajar me parece inevitable, elocuente y acertada.

En este punto conviene conocer cómo funciona Amazon en su dimensión de tienda virtual. Para que nos hagamos una idea Amazon es como un Gran Hermano: lo sabe todo y todo lo controla, y su finalidad, no hace falta decirlo, no es la de promocionar nuevos talentos sino la más prosaica y previsible de obtener los mayores beneficios. Para ello Amazon establece su política de marketing a partir del análisis de los datos que permanentemente recoge y procesa. Para que tu libro tenga alguna oportunidad debe obtener un buen posicionamiento, de tal modo que Amazon lo recomiende a los potenciales compradores que, por supuesto, conoce. ¿Cómo conseguir mejor posicionamiento? ... Exacto, has acertado: consiguiendo más ventas. Entramos en una dinámica circular que puede ser viciosa o virtuosa. Si no vendes no te posicionas, pero podrás lograr posicionarte si vendes. Genial por parte de Amazon y su estrategia de empresa; tú, escritor en ciernes, acabas de convertirte en su agente comercial, lo que amen de no ser muy reconfortante tampoco resulta nada fácil.


Técnicas y trucos hay, que sepáis. Puedes intentar que varios amigos compren a la vez tu libro. Ese movimiento será detectado por los insondables algoritmos de Amazon, y verás que tu posición en el ranking mejora de un modo exponencial y fulgurante. Basta una docena de compras y algunos buenos comentarios para que tu libro se posicione al lado de los superventas. Lo malo es que, por lo general, se trata de un espejismo fugaz, pues del mismo modo y con idéntica rapidez que asciendes, si las ventas no se mantienen el algoritmo implacable te devuelve a la cruda realidad. Hay quien dice que ese primer empujon inicial ha sido suficiente para entrar en una dinámica continuada de ventas. No voy a ser yo quien lo niegue ni os desanime a intentarlo, como tampoco se me ocurriría lo contrario.

Se dice que otro de los parámetros influyentes en vuestro posicionamiento en el ranking son los comentarios. Aquí me limito a advertiros de algunas situaciones que he comprobado. Quiero creer que la mayoría de la gente es honesta al expresarlos, pero también existen quienes, ya sea por interés o simple mala leche, se dedican a colgar comentarios que pueden hacer mucho daño. Un primer mal comentario causa muy mal efecto, y aun cuando a veces la mala fe parece evidente, Amazon es estricta negándose a retirarlo. Otras cosas: ni que decir tiene que tú no puedes comentar tu propio libro, lo cuál puede entenderse, y que si lo haces Amazon enseguida lo borrará de su página. Pero es que tampoco valen los de tus familiares (esposa, hijos), cuando Amazon comprueba que lo son, y os puedo asegurar que de algún modo lo comprueba. A veces los escritores se conciertan para comprarse y comentarse  recíprocamente. Me pregunto si a la vista de sus patrones y antecedentes Amazon también se daría cuenta y neutralizara el intento.

Entiéndase que ésta que os cuento es mi experiencia y mi visión personal. Con toda seguridad habréis oído hablar de otras más optimistas y estimulantes en las que yo ni entro ni salgo.




Como resumen y conclusión os diría que en mi opinión y según mi propia experiencia no estamos ante ninguna panacea, aunque habida cuenta de cómo está la edición convencional lo cierto es que Amazon te ofrece una oportunidad que vale la pena explorar, si bien siendo consciente del terreno en que te mueves. 

Si has llegado hasta aquí en la lectura de este tocho será porque por alguna razón te ha interesado. En ese caso te ruego que la compartas.

Y ya puestos, y como no puede ser de otro modo, sin compromiso, te invito a comprar mi libro

Un saludo y que tengas un feliz día.


jueves, 1 de mayo de 2014

1º de mayo contra la pobreza




Hoy, primero de mayo, me ha venido a la memoria aquella emblemática imagen de Novecento en la que  los jornaleros de la hacienda Berlinghieri evocan la Europa de hace ahora justo cien años; una Europa que, no olvidemos, se encaminaba a un periodo atroz de nacionalismo autoritario entreverado por dos guerras. Hoy, cien años después, en España, mientras con el entusiasmado concurso del gobierno los mercados y el capital insaciable siguen dictando las reglas, los trabajadores, cada vez con menos fuerzas, se echan a la calle no ya para reclamar mejoras laborales sino en protesta contra la pobreza y la progresiva pérdida de derechos.

Pero junto a esa imagen me asalta la de quienes ante nuestra perpleja indolencia llaman a la puerta de nuestras fronteras. Son los que nunca tuvieron los derechos que ahora nosotros perdemos, aquellos para quienes nuestra pobreza es una situación es privilegio. 

Tal vez no nos demos cuenta, pero lo cierto es que su lucha está cada vez más cerca de la nuestra.