lunes, 20 de abril de 2015

Paso del Estrecho



Comenzamos a subir a un bote de madera en el que mal podían caber más de una veintena de personas. Aunque me habían asegurado que esa noche embarcaría, me preocupé pues éramos más de treinta las que esperábamos en la playa y temí ser una de las que se acabara quedando en tierra. Lo mismo debieron pensar los demás y los nervios se apoderaron de cada uno de nosotros. Todos queríamos subir precipitadamente, pero los matones que organizaban el embarque no lo permitieron; con gritos y empujones lograron formar tres filas: una para los diez marroquíes, que fueron los primeros en subir, otra para los asiáticos, que sumaban cinco plazas, y una tercera para los negros, en la que reservaron los tres primeros puestos a las únicas mujeres del pasaje. Egoístamente me tranquilicé al comprender que habría una plaza para mí.
Conforme íbamos subiendo el patrón nos indicaba dónde debíamos colocarnos, procurando repartir el peso y mantener en equilibrio la embarcación. Cuando habíamos embarcado los marroquíes, los asiáticos y las tres mujeres, pensé que ya no había sitio para más, pero el patrón continuó llamando a nuevos ocupantes, obligando a los que ya estábamos en el bote a que nos apretáramos para hacerles sitio.
Cuando habíamos subido veintiséis se ocuparon todos los huecos posibles y el patrón con un gesto terminante señaló que ya no cabían más. Al menos una docena se quedó en tierra, mirándonos con envidia a los que pudimos embarcar, que al tiempo cruzábamos entre nosotros miradas de temor, conscientes de que en esas condiciones nuestro ansiado viaje acababa de convertirse en una muy peligrosa locura. Sólo el patrón iba provisto de un mugriento salvavidas.
Nos hicimos a la mar de madrugada, sobre las dos o las tres de la mañana. La embarcación, impulsada por un pequeño y silencioso motor enfiló el horizonte en una noche sin luna. Al frente, en el horizonte, se divisaban líneas y grupúsculos de pequeñas luces que brillaban al otro lado del Estrecho. Más a la izquierda un resplandor más intenso evidenciaba la presencia de una ciudad; el patrón la nombró señalándola: “Algeciras”.
La noche era tranquila pero conforme nos alejábamos de la costa el balanceo del bote iba cobrando intensidad y en ocasiones el mar se acercaba peligrosamente al borde de la embarcación amenazando inundarla. Todos, incluido el patrón, éramos conscientes de la delicada situación y, por eso, todos guardábamos un temeroso silencio. Pasaba el tiempo y las luces de la costa seguían percibiéndose a la misma distancia. La escasa potencia del motor, la sobrecarga del bote y lo engañoso que ahora yo comprobaba que era medir una distancia en el mar, me hicieron comprender que la travesía no sería tan corta como había imaginado.
Conforme avanzábamos mar adentro, nos adentramos en una zona de bruma que se fue haciendo cada vez más densa, hasta que una espesa neblina nos impidió divisar las luces de la costa. Ahora dependíamos del sentido de la orientación del patrón, lo que no resultaba muy tranquilizador. Cada cual en su interior recordaba las terribles historias de pateras a la deriva y trágico final que todos habíamos escuchado. Probablemente para rebajar la tensión, con gestos y un lamentable francés, el patrón nos explicó que en realidad aquella niebla en cierto modo podía beneficiarnos, puesto que al igual que nosotros no podíamos divisar la costa, tampoco el bote podía ser fácilmente avistado por las lanchas, helicópteros y puestos de vigilancia que con seguridad nos estarían acechando. También nos dijo que en todo caso podíamos ser detectados por algún radar, si  ien el tráfico en aquella zona era muy intenso, lo que reducía las probabilidades de que llamáramos la atención.
Como en todas las empresas y aventuras la suerte era un factor con el que había que contar y en esta ocasión parecía que la fortuna había venido a ponerse de nuestro lado. Por inquietante que resultara, la espesa niebla que nos rodeaba no amenazaba el éxito de la travesía sino que por el contrario jugaba a nuestro favor. Al menos eso era lo que el patrón sostenía.
Así transcurrieron varias horas que se hicieron eternas y en las que el ruido sordo del pequeño motor y el suave roce del bote surcando el mar fueron los únicos sonidos perceptibles. Cada cual en su credo, todos rezábamos para nuestros adentros.
Pasadas varias horas que se me hicieron eternas, por fin el sol anunció su salida en el horizonte, y hacia el oeste el cielo se fue pintando de un tenue azul plomizo cada vez más claro. La bruma impedía ver más allá de unos pocos metros alrededor. El mar se encontraba en calma, como una balsa de aceite, y el bote lo surcaba deslizándose suavemente. Con el alba la temperatura descendió súbitamente y sentí el frío y la humedad que comenzó a calarme los huesos. Los demás en el bote, igual que hacía yo, dirigían sus miradas en todas direcciones intentando divisar alguna señal que indicara la cercanía de la tierra.
De pronto el tenue calor del sol comenzó a disipar la niebla y en un momento, como una repentina aparición, la tierra se hizo presente frente a nuestras miradas impacientes. En pocos instantes la costa española apareció impresionante y tan cercana que se podían distinguir nítidamente no sólo sus recortados contornos, sino también los pequeños detalles del paisaje, los acantilados y las calas, los árboles e incluso los matorrales y las plantas más pequeñas.
Estábamos muy cerca del lugar de destino y el patrón alzó la voz y sonrió anunciando el próximo fin de un viaje que había comenzado hacía ya casi ocho horas. Excitados por la próxima llegada y para desentumecernos después de tanto tiempo encogidos, todos nos removimos sobre nuestros asientos, lo que provocó que el patrón nos llamara a gritos la atención, pues el bote se tambaleó con peligro de anegarse y zozobrar.
Cuando estábamos a unos veinte metros de la playa el patrón nos dijo a gritos que bajáramos del bote, se supone, pues nadie le entendía, que de uno en uno y con cuidado, si bien algunos no sabíamos nadar y aunque estábamos muy cerca de la orilla no nos atrevíamos a saltar. Le pedimos al patrón que se acercase más a la playa, pero él volvió a echarnos a voces y una gran confusión se apoderó de la embarcación. Algunos se echaron saltando al agua y el bote comenzó a dar tumbos a punto de volcar. Yo, aterrorizada, me asía a la borda como podía para no caer, pero en uno de los bruscos movimientos no me pude sujetar.
Caí al mar y al sumergirme sentí que había llegado mi final. Inmovilizada por el terror notaba cómo me hundía. Abrí los ojos bajo el agua y pude ver la figura desdibujada de otros compañeros a mi lado que afanosamente luchaban por ganar la superficie. Hacia abajo podía ver el fondo rocoso muy cerca de sus pies, pero me resultaba imposible impulsarme para ascender y tomar aire. El tiempo se me hizo eterno y lamenté amargamente mi mala fortuna. Apenas a unos metros de alcanzar aquella tierra tan ansiada, sentía que todo se iba a acabar. En un instante pasaron por mi mente infinidad de secuencias de mi vida: el rostro de mi madre mirándome ensimismada, la cara de un hombre que supuse que sería la de mi padre, me vi también a mí misma corriendo con otros niños en los primeros días en la misión, mi primer encuentro con el mar en las cercanías de Melilla, el rostro amable de sor Ángela, la mirada pícara y bonachona de Mehamed, y la amplia y confiada sonrisa con que Anna me miraba mientras paseábamos cualquier tarde por las calles de Matadi. Sensaciones olvidadas afloraron vívidas desde lo más recóndito de mis recuerdos, y en un momento pude ver con nitidez mi propia imagen descendiendo lentamente al fondo de un abismo que me tragaba y me llevaba consigo para siempre.
Pensé que todo había acabado y cuando ya no me quedaban ni fuerzas ni esperanzas me dispuse a morir. Sin embargo, de pronto sentí cómo alguien me asió del pelo y tiró de mí con fuerza y hacia arriba. Al momento sentí el aire en la cara y la intensa luz del sol que me cegaba. Intenté pero no pude respirar. Mis pulmones estaban anegados y una sensación de angustia se apoderó otra vez de mí. Estaba apunto de desvanecerme cuando mi cuerpo se estremeció con una brusca convulsión, y un intenso dolor se me clavó en el pecho a punto de estallar; entonces arrojé una bocanada y comencé a toser sin control expulsando el agua que me ahogaba. Por fin pude sentir nuevamente el aire llenado sus pulmones y supe que me había salvado; que a pesar de todo no iba a morir. Avancé un poco más con torpes brazadas y al momento mis pies tocaron un fondo pedregoso. Junto a mí, el joven que me había ayudado me miraba sonriente; habíamos llegado a la costa española y ya la estábamos pisando. Exhausta me tumbé en la orilla y percibí en la arena una suave calidez. Pegué mi boca al suelo, lo besé y me eché a llorar balbuceando una oración y dando gracias.
Tuvimos suerte y nadie del bote pereció. Todos estábamos a salvo en la playa. Algunos rezaban sus oraciones, otros escrutaban los alrededores pensado en el siguiente paso que habría que dar.
Según nos habían asegurado alguien debía esperarnos en la playa, pero por allí nadie apareció. El grupo de marroquíes parecía más informado y propuso buscar algún camino secundario que nos llevara a cualquier lugar habitado; allí nos dispersaríamos y mezclaríamos con la población. Pareció lo más razonable y, sin darnos tiempo al descanso, todos nos dispusimos a dejar la playa cuando, de pronto, escuchamos el sonido de vehículos que se acercaban y, al instante, el estridente ulular de una sirena. En apenas un minuto el lugar se llenó de policías y soldados. Los agentes se apostaron alrededor y uno de ellos, con un megáfono en la mano, comenzó a dar instrucciones que al menos yo no podía comprender. Permanecimos agrupados e inmóviles en la playa y los agentes avanzaron hacia nosotros. Observé sus uniformes militares y quedé sumida en la desolación. Sin embargo, me fijé en el rostro y la mirada de un agente y me pereció amable y amistosa, lo que me tranquilizó.
Después busqué entre mis compañeros al joven que me había salvado la vida hacía solo un momento en el agua. Fui mirando uno a uno a cada uno de ellos y, sin embargo, no lo pude encontrar. Debía estar entre nosotros, seguro que lo estaba, pero ninguno de los rostros que escrutaba se parecía al de aquel joven que buscaba. Entonces me vino a la memoria una conversación que mantuve hacía muchos años con sor Ángela.
 —Sor —le pregunté—, ¿qué son los ángeles?
Ella me sonrió, como sorprendida, antes de contestar.
—¿Los ángeles? 
—Sí, madre.
—Bueno, según se dice son espíritus celestiales de los que se sirve Dios para hacer su voluntad.
—Pero, ¿de verdad existen?
Sor Ángela se encogió de hombros en una mueca escéptica que enseguida quiso matizar.
—Desde luego es una cuestión de fe, pero si te soy sincera creo que sí —me dijo usando un tono de confidencia—. ¿No has sentido algunas veces que algún problema que te angustiaba y te parecía imposible de resolver, de repente, ha dejado de existir? ¿No has sentido alguna vez cerca el peligro y, sin embargo, casi milagrosamente has logrado esquivarlo? ¿No te ha pasado que, estando dispuesta a hacer algo en contra de tu conciencia, al final lo has evitado? Yo creo que, a veces, detrás de algunas situaciones incomprensibles está la voluntad del Señor, y un ángel que se ha encargado de aquello suceda así.
—Pero, si son espíritus, no los podemos ver, no tienen cuerpo como nosotros...
—Precisamente por ser espíritus pueden hacer cosas que nosotros no podemos. Pueden tener cuerpo y pueden no tenerlo. Tal vez, fíjate —me dijo—, cada uno de nosotros pueda ser un ángel, si esa es la voluntad del Señor.

 Pasados unos minutos los agentes nos trajeron mantas y botellas de agua que todos bebimos con fruición. Me arropé con la manta y me tumbé en la arena, pensé que no me harían daño y por fin pude descansar.

El fragmento pertenece a la novela Una luz más allá del horizonte, si te ha gustado y quieres leerla puedes descargarla aquí

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